Mar de la tranquilidad.


De los lugares lunares el más inalcanzable, el único alcanzado. Lejano.

Oscuridad sin viento, sin tinieblas miedo, sin penumbra, sin incertidumbre. Tenebrosa es la noche terrena con sus demonios y hombres, sobre todo los hombres, sus nombres y ecos desvelan. Insomnio agonía, lágrimas calladas, delirios, susurros, silencios, suspiros, dolor y vacío; ecos y ecos. Sombras morir.

Oh lucidez trémula, nítida, sensible; que traes tú tristeza, que eclipsas alba, con tus primeros rayos de vida y esperanza. Despertares. Oh lucidez esquiva, duele tanto encontrarte, te esfuma la alegría del día, tan efímera y condicional. Llegas empapada de melancolía, del turbión etéreo de ésta esfera mundana. Sobre la faz, otro mar, una profundidad viciada y estéril, sin faro y sin anclas, derivando en ella los corazones contritos y cansados.

Viene el barco, no hay timón, un rumbo: océano reposo. Recogidos son los náufragos, esos soñadores despiertos, ilusores de utopías, soñadores de día, que anhelan un respiro sereno. Sereno el de la noche que hincha las velas del navío con un suave silbido, serenata. Los muelles las ventanas que, aunque apagadas luces y ausentes boyas, guardan a los narradores de la media noche, a los escribanos que escrutan la niebla y a los simples observadores de estrellas. Fieles pacientes esperantes  ven ahora la luz, no fugaz, constante. Vuela  la noticia durante el trasnochar, no esperan más, llegó el fin de los viajes.

Levan travesía, asomadas las palmas a babor sienten la última brisa de la madrugada nocturna. Se despiden las sombras y dolores, se mecen los olvidos, los recuerdos. Los remordimientos. Agitando sus señuelos blancos, los paños de lágrimas y las fundas de almohadas, todas y todos llenos de sollozos, lamentos, adiós consuelos mocosos. Desprendidas, reventadas son las amarras de los puertos mortecinos, libres son los tripulantes de los odios, de los celos, de los malos sentires y deseos.

Las auroras desdibujan los fruncires de ceño, las miradas gachas, las mejillas encalambradas y apesadumbradas. Los nudos de garganta son desenredados por atentos y dedicados polizones invisibles, ganándose el derecho con favores tales del periplo clandestino.

Navegar negro, no sombrío, Universo Elegante. Distante. Liviana ya sin la presión de los bares, emergida del mar de mentiras y males, la fragata se perfila hacia los valles lunares, los mares meridionales. Dunas de playas grises brillantes, suaves y ondulantes, reciben al casquete argonauta. Próximo viene el destino quietud. Paz y silencio.

Los cayos abismos emprenden hondonada, avisan la llegada al paraje ulterior. Los sueños reciben a sus arquitectos mientras los misterios y secretos; verdades, mitos y sonetos se preparan para jugar la escena. Revelar la calma.

En un anochecer rojo, un anochecer luna eclipse, los convidados al Mar de la Tranquilidad se rinden al sueño en las graderías  del anfiteatro, gracias al y ante el sonar de una melodía eterna y hermosa, siempre disímil, paulatina y cambiante, que a oídos y almas arrullan y encantan. Finalmente y así dormidos, los tripulantes del buque  Soledad… por fin descansan.

 

Juan Sebastian Valencia S.

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Despertares

 

*Nota: Leer con los ojos cerrados.

 

La luz atraviesa el tempano de sueño. Despertar prisma. Es una costa helada, o más bien una jungla termal; ya no tempano, tímpano; hecho vibrar por las monerías de los changos y urracas y cotorras graciosas. Despertar melodía.

Ambos. Dos dimensiones, indescifrables, ignorantes de sí y entre sí. Despertares.

Cristalino perdido en un lago de luz infinita desglosa a tinta pupila las iridiscencias, los colores de la vida. Conciencia afina, sólo fue un sueño. Respiro, bocanada cual si fuera la primigenia, mar muerto hace crecida, inunda los puertos alveolares. Tañe el ejército rojo la campana corazón. Despertar.

No. Si bochorno, tabaco, café, mango, tierra húmeda, río, azufre, volcán; no es el Corazón de las Tinieblas, fue sólo un sueño. Despierta paraíso.

Gama cian, grises pálidos, sal. Ópalo fuego, sílex, ceniza, obsidiana. Es sólo una mañana delicada; imponente.

El resplandor se hace menos luz, más blanco. Helaje azul tiñe de violeta nariz y labios, hormigas con punzones recorren las facies y las coyunturas de los dedos pasmados. Huele a mañana, la mañana huele a frío, frío en la mañana. Despertar.

El abrigo abriga, desnudo abrigo matinal del espeso verdor tropical, insoportable tolerado, bochorno morir, natural vivir. Olor denso frutal, pelo de animal mojado guacal. Se mueve en el eterno devenir del río el último suspiro de la luna menguante, amanece, es día, despertar. 

Despertares distintos, un solo vivir, realidad misma, distinta. Para el ojo del que mira, la nariz que la respira, para la entraña que la siente. Del dormir riesgo morir resucita el hombre glaciar, el hombre manglar. Resurrecciones, despertares.

Juan Sebastian Valencia S.

21/02/12 

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El Intento

 

La niña rosa en rosa, con blanco para no lucir muy rosa, camina por la calle comercial. El contoneo emula al de las pasarelistas, pero como todo intento es sólo intento. Algo graciosa en ritmo entonces, sin embargo, anda armada de una mirada seria, como si fuera segura de sí, como si supiera algo que alguien no sabe; pero es sólo intento.

Se detiene ante una vitrina, admira un par de zapatos rosa, cual escena de museo, de corredores de sapiencia, se inmuta frente a tal obra de arte. Se encuentra en la faz de la pericia humana. Claro que, como en los museos, no sabe qué pensar de lo que ve, no piensa en lo que ve; es algo sensorial, un gusto sin génesis aparente, es una experiencia estética sin sentido. Tal vez con un sentido invisible que sólo reconoce el curador, ni siquiera el artesano. Tal cual que en un museo.

Pero Rosa no es curadora ni experta en marroquinería con especialización en canutillaje y master en tinte y betún. Es sólo una espectadora, una aficionada; pero paradójicamente aun así se goza del arte que no fue creado para ella. Para alguien. Para nadie.

Entra al local, sostiene el par izquierdo, lo palpa, lo huele discretamente; lo detalla cual billete sospechoso. Los tesoros tienden a no ser tan verdaderos ni tan tesoros. Verifica, si son, o al menos parecen ser, el juicio definitivo lo darán los peritos objetivos: sus amigas y enemigas.  Los lleva.

A continuación busca la ilusión del dinero en su cartera, no alcanza, saca entonces su dinero imaginario: la tarjeta. Ha sido recibida como reina pastel rosa desde el momento en que fue atrapada en la vitrina, pero algo va a ocurrir en este instante, una pequeña escena en el teatro de los roles: la muerte del amenizado cliente. Como una guillotina fría e implacable la tarjeta se desliza en el aparato y en el cuello de la víctima. Al corto de agonía le sigue la estocada final de la cual se encarga la misma, para que parezca un suicidio, así con el digitar de su propia clave secreta finalmente fenece.

En ese ritual escatológico simple, en esta pequeña venta del alma, todo se transforma. El museo de arte moderno salvaje y hermoso se convierte en un anfiteatro ruidoso, en una arena romana en donde ya no hay más que hacer sino escapar pronto con el botín, en este caso el zapato. La sujeta queda espantada y enemiga de la marca, ojalá no toque exigir  una revancha para cobrar por un derecho, una garantía.

Se marcha Rosa llevando  una bolsa elegante que queda a su vez como su heraldo, su prestigio. Como trofeo y pretensión sirve y también para cargar fotocopias y carpetas durante un mismo contonear farandulero, en el intento.

Juan Sebastian Valencia S.

Enero 23 de 2012

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Cadáver exquisito, cadáver de barro.


 

La leña se hace carbón

Y danza en el triste sonar del viento. Esperando la melodía risueña de la noche. Como cuando las aves esperan…

Esperan que el soliloquio del viento solaz

abrace la mañana, con las dulces golondrinas que anuncian su llegada.

Con el arroyo en festeja baja el torrente a la calle del Pábilo Humeante.

Pasan los transeúntes, llenos de sueños y esperanzas, llenos de vicios y verdades. De pronto se detienen a observar. ¿Qué observan?

El fulgor que es finito, todo acaba desfallecer.

Un faro viejo recuerda que le sonreía a los paseantes: a los abuelos, a los niños, a los jóvenes. Pero este era un día de esos en que tan sólo llovía y él tan sólo dormía,

eso explica y conduce a la soledad de dos, como en la muerte gruta o la estigia individual;

los mira ahora con desprecio, con angustia. Se pregunta ¿dónde quedaron aquellos momentos, ahora solo recuerdos? Ahora son sólo días vacíos, llenos de miedo, hasta que;

Y concluye así el relato, al final restan solo los pocillos, llenos y vencidos, sombrero bajo el brazo, de luto, cada cual se marcha con feliz melancolía, con una cicatriz de por vida.

 

Juan Sebastián Valencia -Dayan Hernández

Enero 2012

 

 

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Hasta el sol de hoy

Hasta el sol de hoy

 

Son horas de media tarde, el sol termina sus tareas cotidianas y cierra sus fuentes primarias para que los paseantes lo disfruten sin abrumarse en sudor. Se dispone el astro a un receso, a disfrutar de la vista que aun en cielo azul goza. Gozan transeúntes, gozan las mascotas, se sientan y se echan respectivamente a la lumbre del sol receso.

Se resume el día y se planea la noche.

Una alegría posee a la villa costera, los vientos se relajan, se relaja el día, se relaja el sol y el hombre. Un hombre caminante, camina sobre los senderos empedrados de la otrora plaza colonia, luego, ahora, sobre la vieja y deshidratada madera del puerto. Acierta a su banca predilecta, llega temprano al ocaso por venir de la estrella menguante.

Enciende un tabaquito, espera.

Atenta lo inusual, una inusual dama sentada al borde del final del corredor de tablas que espera, también espera.

Igual de solitarios, igual de alegres; igual de vívida la atmósfera que los entretiene. Paralelos desconocidos.

Él la ha visto, la contempla, lo distrae del sol preponiente, que por su parte, ya portafolio en mano, alista el bermellón.

Eólico el capricho que le alcanza su fragancia, la delicia; sol y hombre se miran y acuerdan que hoy atardece para ella.

La marea crece y la espanta, ella se levanta. Camina de espaldas. Cuidadosa y descalza imprime marca de agua, huella de madera seca avivada a su vez por el calor color, color cálido crepúsculo.

Su sombra indiscreta casi lo alcanza, sin pista, sin él sospecha del nombre, de su nombre de ella. Su sombra luego, ahora, lo abraza, ella cercana, ligero traspié, delicado vuelo y él inerte salvador que por el sólo hecho de estar allí la recibe en brazos.

Le ordena el pelo para admirar su perfil su cuello.

Ella susurra – mi nombre es Alma, Alma Tuya, tu mi Sol, mi Sol serás de madrugada.

 

Juan Sebastian Valencia S.

22/12/11

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Lo bohemio del café

Admiramos a los entes de la maestría, nos place verlos animados e inanimados.

Como por simpatía se nos transmite el aura intelectual de un ser canoso y barbudo, meciendo sus ideas, buceando en la episteme, buscando asir la lógica del mundo del cual está por el momento absorto. Mientras realiza la acción dicha, lo observan los tomantes y sentantes del café de letras; lo atentan caminando el pensamiento, carburando las ideas con su cigarrillo diezmado como si fuera eterno; bajando el carbono con cafeína, alquimia de la sabiduría.

Seguramente meditará acerca de su día, de lo impotente del ser y la mente, de la irrelevancia de sus podios y títulos insignes que no lo hacen menos miserable que cualquiera.

Los empatizantes brindan en respeto, piensan que seguramente se encuentra resolviendo las ecuaciones que a ellos ahorra, ahorra el pensar. Helo allí, uno de los que sostiene nuestros mundos flotantes, uno de los que resolverán por nosotros el misterio de la vida, la vida miserable.

Desde luego nadie osa interrumpir su epifanía, no por prudencia, sino porque, tal vez, los que nos frena a aproximarnos y preguntarles a los dioses del ágora: ¿qué piensa? No es sino la comodidad de la ignorancia y/o el riesgo del posible desencanto.

Héroes e ídolos mudos con delicia simbólica pero sin función práctica, como una de las muchas muestras artísticas del museo constante y en movimiento, vacío, de la civilización y la evolución.

 

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